
La abuelita es muy vieja. Arrugas en su piel, tristeza en su
alma. Sus ojos ya no brillan, porque le pesan las ausencias. Te acuerdas cuando
te contaba cuentos maravillosos. Te paseaba por el parque. Suspiraba al verte
jugando, vestidita de muñeca de mamá. La abuelita velaba tus pasitos de niña traviesa. Vivía mucho antes que papá y mamá. Te cuido
cuando ellos no estaban.
Mecía tu siesta. Te contaba cuentos en el desayuno y en la
merienda. Corría a tu encuentro. Curaba tus heriditas y, atormentada, corría un
día al cuarto de socorro cuando te
cortaste con un cristal.
La abuelita, comprimida y seca, no se olvida. Mira ese pasado con nostalgia y le asoman
lágrimas a los ojos. ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita
caen, nuestro corazón se desangra.
Ahora que eres una bella muchacha elegante y bien situada;
deberías acordarte de su sacrificio. Por
ti, por mí, por tantos. La abuelita sigue siendo nuestro amparo.
Cuando ya no podamos visitarla porque, cansada y sola, se nos
vaya; solo nos quedará su recuerdo y algo de culpa por nuestra ingratitud. Ello
nos dio todo, nosotros nada.
Los ruiseñores lo saben. Por eso nos cantan: ve y dale un
beso, ve a consolarla.