La gente juzga a los demás en
todo momento y lugar. Pero, juzgar es difícil. Para simplificar nuestros
juicios tomamos atajos que suelen dar lugar a distorsiones significativas. Al
no poder asimilar todo lo que observamos, elegimos pedacitos en función de
nuestros intereses o experiencias propias.
Es fácil juzgar a los otros si
asumimos que se parecen a nosotros. Al dar por sentado que son como nosotros,
acertaremos con mayor frecuencia. Sólo nos equivocaremos en las excepciones. Pero siempre erramos
cuando evaluamos a una persona a partir de una solo característica como la
inteligencia, la sociabilidad o la apariencia.
En el transcurso de nuestra vida será
necesario juzgar conceptos, situaciones y personas. Si logras imaginarte la
situación que vive otra persona, te sentirás menos inclinado a juzgarla. Si te
está molestando algún rasgo o actitud de otra persona, probablemente haya algo
en ti de ese rasgo o actitud. En lugar de juzgar a los demás por su
comportamiento, intenta examinar qué es lo que turba tu interior.
Si no puedes manifestar tu
empatía, por lo menos puedes apartarte de esa situación y centrar tu atención
en algo distinto. Tranquilízate un momento antes de juzgar. En lo posible,
juzga las situaciones de las personas en lugar de juzgar a las personas mismas.
Siempre que sea posible, evita valorar hasta tener un buen conocimiento de los
hechos.
Ten en cuenta que después de
miles de folios, innumerables testimonios de testigos, horas y horas de
instrucción; un juez o varios pueden
dictar una sentencia equivocada. En España no hay estadísticas de
identificaciones equivocadas, pero en EE UU, el 80% de las condenas a inocentes
se deben a reconocimientos erróneos que hacen víctimas o testigos.
In dubio
pro reo o en caso de duda los profesionales
sentencian a favor del acusado. Y, por supuesto, en caso de insuficiente
información, abstente de acusar o juzgar.
El País
Diversas páginas WEB
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